Caín y Abel en la cancha

Por: Juan Villoro (Texto elegido por Miguel Ángel Zertuche)

En el Berlín dividido, el zoológico se convirtió en el centro de la ciudad. El metro hacía ahí una forzoza última parada: la siguiente escala quedaba en Alemana Oriental. Cada febrero, el Festival de Cine de Berlín se celebraba en el auditorio Zoo Palast. Es común que los cines lleven nombres de palacios, pero no de zoológicos. En el corazón de la guerra fría, la vida se organizaba en torno a animales salvajes.

Cuando Kevin Boateng vio la jaula de los chimpancés en el zoológico sintió una curiosa sensación de pertenencia, no sólo porque su padre había nacido en Ghana y los primates lo remitían a la tierra del origen, sino porque había aprendido a jugar futbol en Wedding, en una pequeña cancha enrejada a la que le decían “la jaula”.

Wedding es uno de los barrios berlineses más duros y degradados, un sitio difícil de asociar con la acaudalada Alemania. Durante décadas, los inmigrantes han intercambiado ahí drogas y decepciones. Es difícil salir adelante en ese entorno. Kevin fue el segundo hijo varón de Prince Boateng, ghanés con arraigo por su tierra y muy escaso por sus esposas.

De 1981 a 1984 viví en Berlín. El sitio más significativo que conocí en Wedding fue la cárcel. La hija de una amiga había sido detenida y me pidió que fuera a verla. En mi recorrido del vestíbulo a la sala donde podía visitarla, siete puertas de metal se abrieron y cerraron. Un agobiante mecanismo de reclusión.

Para los vecinos, la inmesa cárcel de concreto es un permanente recordatorio de que ahí pueden acabar sus días. En comparación, la jaula de juegos del joven Kevin era un espacio de libertad, donde la imaginación escapaba mientras la pelota daba contra el techo enrejado.

Según rumores, acaso mejorados por la leyenda, George, hermano mayor de Kevin, era el más talentoso de los Boateng. Aquel virtuoso se arruinó por un problema social con nombre de grupo de rap: las malas compañías.

El apellido Boateng es tan común en Ghana, que en Holanda juega un tocayo absoluto de George Boateng, el primero de su estirpe que dominó un balón en Wedding.

La saga de los hermanos berlineses incluye al genio que no pudo ser. Cuando pasó por el Hertha, el primogénito mostró sobre el césped la misma cólera que desplegaba en las calles de su barrio y solía llevarlo a la delegación de policía; era demasiado rudo para un juego con reglas, bebía y faltaba a los entrenamientos. En algún momento, supo que trayectoria como futbolista se había arruinado. Entonces decidió alejar a su hermano Kevin de los peligros callejeros. A pesar de su reputación como jugador rijoso, el segundo Boateng es una versión suavizada del primero.

Kevin creció en un departamento sobre una tienda de alfombras, propiedad de un comerciante turco. También el negocio de al lado, una pequeña joyería donde los niños llegaban a vender los objetos dorados que encontraban o robaban en las calles, confirma que Berlín es la segunda ciudad turca del mundo: en una pared cuelga la camiseta del Fenerbahce.

La madre de los Boateng trabajaba en una fábrica de galletas y pasaba de un compañero a otro. Sería difícil saber si tuvo tiempo de educar a su hijo. Lo cierto es que lo tuvo para vigilarlo: nunca lo dejaba desverlarse ni dormir en casa de amigos.

A los siete años, Kevin fue descubierto por un scout del Hertha, principal equipo berlinés. Su pasión era tan llamativa como su buen toque: si perdía o no lo alineaban, caía en un llanto inconsolable.

En el Hertha, los miembros de las fuerzas básicas aprenden que la indisciplina termina limpiando excusados. Para Kevin, eso fue como la vida en casa.

Su padre fundó una segunda familia en el acomodado barrio de Wilmersdorf, que también abandonaría pronto. Ahí nació Jerome Boateng, quien recibió mejor educación, supo lo que significa ir de vacaciones y desde muy pronto tuvo zapatos de futbol. Su madre consideraba el deporte como una actividad de proletarios y estuvo a punto de alejarlo de las canchas. Pero el patriarca Boateng, que nunca estuvo muy presente, se opuso porque encontró en el futbol un remedio para vincular a los hijos de sus dos familias.

También Jerome entró en las fuerzas inferiores del Hertha. A pesar de sus distintos puntos de partida, los medios hermanos llevaban vidas paralelas.

Kevin lamentaba que su padre se hubiera ido de casa, pero decidió asumir su nombre. El mundo del futbol lo conocería como Kevin-Prince Boateng. Dispuesto a encarar a los rivales con inquietante audacia, jugaba de volante ofensivo. En cambio, el paciente Jerome jugaba de defensa. Kevin-Prince llegaba a cualquier sitio con los ojos enrojecidos de quien desea arreglar cuentas; le gustaba destacar, asumir responsabilidades, cuestionar a quien se interpusiera en su camino. Jerome era reservado, tímido, obediente.

Ser disciplinado en Alemania es tan importante como saber bailar en Colombia. Si es teutona, la vida diaria tiene complejas instrucciones de uso. En alguna ocasión, Kevin-Prince se enteró del examen que hay que resolver para trabajar de taxista en Berlín. No sólo es necesario conocer todas las calles y el sentido en que corren, sino trazar rutas críticas de un punto a otro, tomando en cuenta los impedimentos que puede haber a cualquier hora del día (la salida de los alumnos del colegio, el mercado callejero de frutas, el festival de los ciclistas, etcétera). Entendió que ser futbolista es menos riguroso que conducir un taxi. No quiso sortear las reglamentadas calles de la ciudad, sino sortear al enemigo sin reglamento alguno.

Cuando su primer entrenador profesional le preguntó dónde había aprendido a jugar, se negó a decir “en la jaula” porque se hubiera fomentado bromas raciales, pero esa era la verdad. Ahí fue donde aprendió a dominar un balón, a ahnelar el pasto, a desconfíar de las normas.

Por sugerencia de Kevin-Prince, los tres hermanos fueron a hacerse un tatuaje. Querían un símbolo que los uniera. No les costó trabajo ponerse de acuerdo con el diseño: la silueta de África.

Habían crecido entre los lagos y los parques de Berlín. Cerca del zoológico, habían visto la Gedächtniskirsche, la Iglesia de la Memoria, que seguía destruida desde la Segunda Guerra Mundial como un recordatorio del horror. Para ellos el origen estaba en otro sitio, la tierra olorosa a leopardo donde no habían estado y cuya lengua ignoraban, pero que ya llevaban en la piel. Eran alemanes. Eran negros. Tenían el mapa de África en el brazo.

Su más urgente desafío fue encontrar una identidad en la cancha. El temperamento de Kevin-Prince era temible para los contrarios, y a veces para los compañeros. Su enjundia se confundía con la violencia.

“No soy un Beckenbauer”, dicen los defensas alemanes que aceptan su falta de técnica después de fracturar a un contrario. Kevin-Prince no quería ser un Beckenbauer. La ordenada Bundesliga admiraba la furia con la que salía a la cancha, pero no las irregularidades que dejaba ahí. El niño de la jaula no aceptaba límites.

Mientras tanto, su hermano Jerome hacia progresos. Con método, sin alardes ni relámpagos, como quien sigue las reglas de un manual.

La soledad: un lugar donde sobran 199 gorras

La cultura ama las disyuntivas: el yin o el yang, lo dulce o lo salado, PC o Mac, vino tinto o vino blanco, carne o pescado, las rubias o las morenas, solteros o casados. Dios o el diablo, lo público o lo privado, América o Guadalajara. Dos hermanos ghaneses tenían talento para el futbol. Eso era anecdótico. Lo significativo era que llevaba a una disyuntiva: Boateng el Bueno y Boateng el Malo.

Kevin-Prince recorre la cancha con el ímpetu de un escapista dispuesto a servirse de un cuchillo para abrir una compuerta; mientras tanto, Jerome aguarda con la cautelosa atención de quien sabe que la defensa se ajusta a un plan.

Ambos debutaron en el Hertha. Naturalmente, la prensa cedió al juego de las comparaciones. La conducta del rudo y más habilidoso Kevin-Prince contrastó con la del noble esfuerzo de Jerome. Por problemas de indisciplina, el mediocampista fue expulsado de la selección juvenil alemana. Buscó entonces otros horizontes. Fue a Inglaterra, fichado por el Tottenham, a cambio de ocho millones de euros, una ganga para la Premier League. Su esposa se quedó en Berlín, con su hijo recién nacido, y él habitó una solitaria mansión de siete recámaras. El Frankfurter Allgemeine Zeitung informó que en una semana compró un Cadillac, un Lamborghini y un jeep. Pero no tenía a dónde ir. No era titular, engordó y se deprimió tanto que compró 200 gorras y 160 pares de zapatos. Mientras tanto, su hermano Jerome cumplía como defensa del Hamburgo.

Kevin-Prince regresó a Alemania para jugar una temporada en el Borussia Dortmund. Tenía tantos deseos de rehabilitarse que olvidó que los contrarios tienen huesos, lesionó a un jugador del Bayern, uno del Schalke y otro del Wolfsburg. “¿De qué gueto salió este monstruo”?, preguntaron periodistas poco amigos de la corrección política.

Ante la rudeza del repatriado, los prejuicios tuvieron su oportunidad. Astros de la talla de Franz Beckenbauer y Matthias Sammer declararon que el bad boy Boateng no era apto para la Bundesliga.

Kevin-Prince entendió que nunca podría jugar con la selección alemana, a pesar de que por primera vez tenía una alineación multicultural. Ahí había espacio para turcos, polacos y un ghanés con buena conducta, como su hermano Jerome, no para él.

Regresó a Inglaterra, a jugar con el Portsmouth, y buscó otra Selección para Sudáfrica 2010. Boateng el Terrible vio el tatuaje que se había hecho en el brazo y llamó a la federación de Ghana.

Fue recibido de la mejor manera, con cánticos y bailes. “Ahí todo se hace con amor”, comentó el volante que aprendió lo que duele una patada en las calles de Wedding.

2010 fue año decisivo para los hermanos: representaron a dos países distintos en el Mundial. La vieja parábola se repetía: el sedentario Abel gozaba de buena reputación y el nómada Caín estaba en entredicho. Los reporteros afilaron sus lápices para cubrir los destinos de los berlineses negros. ¿Se enfrentarían en algún partido? ¿Jerome tendría que marcar a Kevin-Prince?

Al futbol le gusta forzar la épica. Poco antes del Mundial, el Portsmouth se enfrentó en la final de la Copa inglesa contra el Chelsea, lo cual significa que el renegado Boateng jugó contra Michael Ballack, capitán de Alemania. Disputaban el último partido antes de concentrarse con sus selecciones para ir a Sudáfrica. En la antesala de la gloria, una durísima entrada de Kevin-Prince dejó a Ballack fuera del Mundial. Es difícil discernir si hubo mala intención en la jugada. El alemán que prefirió a Ghana actuó como siempre lo ha hecho, con una enjundia que busca el balón y aniquila un peroné. Desde Alemania, Boateng el Bueno dijo que se avergonzaba de su hermano.

En internet se creó un sitio bajo este lema: “82 millones contra Boateng”. Germania entera parecía estar contra el apóstata. Los periodistas recordaron la fecunda tradición de los castigos teutones y propusieron sanciones dignas de Struwwelpeter, el personaje infantil más victimado de la literatura.

Incluso hubo manifestaciones afuera de la casa de la familia. George, el primogénito que nada tenía que ver en el asunto, llamó a la policía para pedir que dispersara a la gente y recibió esta respuesta: “Si su apellido es Boateng, aténgase a la consecuencias”.

Poco antes de que Kevin-Prince lesionara a Ballack, los tres hermanos se habían reunido en Berlín para hacerse otros tatuajes, para entonces el emigrado a Inglaterra ya tenía once en su cuerpo y sus hermanos cuatro. Esta vez cada quien escogió un motivo distinto: George se tatuó los nombres de sus hijos y Jerome el árbol genealógico de su familia, símbolos de integración y pertenencia. El doceavo tatuaje de Kevin-Prince fue distinto: decidió llevar en el cuello dos dados enormes.

Así lo vimos en Sudáfrica. El atribulado mediocampista que repudió a Alemania y optó por la nación de su padre es un soldado de la fortuna.

Origen de la especie, África es el futuro del futbol, aunque hasta ahora se trata de una profecía incumplida.

Ghana llevó las ilusiones de un continente hasta cuartos de final, en un duelo épico contra Uruguay. En el último segundo, Luis Suárez salvó un gol de un manotazo, cuando el partido estaba empatado. El destino de Uruguay y Ghana dependía de un penalti. Los dados parecían caer del lado ghanés, pero no triunfó la lógica: el espléndido Asamoah Gyan erró por unos centímetros y el partido se fue a la ruleta rusa de los penales. Dos minutos después, Asamoah volvió a cobrar la pena máxima: lanzó un riflazo implacable y sumamente doloroso, porque confirmaba que sabe disparar y no lo hizo cuando debía.

Uruguay ganó la tanda de penaltis. En el último disparo, Sebastián, el Loco Abreu, reveló que la lógica del fútbol se parece al delirio: lanzó un tiro flotadito que engañó al portero. Otro loco, el Boateng rebelde, quedó fuera del Mundial.

Jerome jugó en la Premier League con el Manchester City y Kevin-Prince en la Serie A con el Milán. 2011 fue un excelente año para ambos clubes: el Manchester ganó la Copa inglesa, el torneo más antiguo del mundo, y el Milán conquistó la liga, algo que no lograba desde la temporada 2003-04.

La historia de los Boateng es una metáfora de Berlín, la ciudad dividida, y de las oposiciones que alimentan y a veces destruyen al futbol.

Los hermanos se necesitan y rivalizan en dosis idénticas. Empezaron en la Bundesliga, luego fueron a Inglaterra. Con el paso de Kevin-Prince a Italia la competencia entre los hermanos perdió su simetría, pero pronto volvieron a la misma liga: en 2011 Jerome fichó por el Bayern y un año después Kevin-Prince no resistió la tentación de volver al país de su hermano, donde se incorporó al Schalke 04.

Los enormes dados que el mayor de los dos lleva impresos en el cuello sugieren que un condenado puede salvarse de la soga, pero no del destino.

“Un golpe de dados no abolirá el azar”, escribió Mallarmé. Mientras puedan tirar los dados, los Boateng desafiarán a la fortuna.

Boateng(Foto: fifa.com)

 

 

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